LA TEMPORADA DE LA ESQUINA CALIENTE

rene cardenas induction

Por René Cárdenas: fitoiii@aol.com – @RCardenas3 – www.laestufacaliente.com

Notas a la ligera para mis familiares y amigos:

Esta semana (lunes 16 de mayo, 2016) está pronosticada a estar toda llena de lluvias en Houston, a excepción del sábado.  Ciertamente que el lunes pasado hubo rápidas inundaciones en ciertas secciones de la ciudad.  Como no tenía que regar ni podía salir al jardín, me sentí motivado a volver a escudriñar mis archivos electrónicos y me encontré con escritos de hace nueve años y más, entre los que decidí reproducir para ustedes el que abajo aparece.  Algunos quizá lo recuerden, y para otros será algo nuevo. Foto René es exaltado al Muro de Honor del Houston.

Enero 7, 2007.- El día bello de hoy en Houston mereció una parrillada y, mientras se asaba la carne, no aguanté el deseo de tomar la manguera y regar las plantas bajo un sol benévolo y poco radiante. Esta vez no sufrí la corriente fría de viento que usualmente enfrento cuando estoy con mi delantal rojo frente a la parrilla de la pérgola en esta época del año, más bien disfruté de una brisa acariciadora que recibí con todo placer. (debajo René con Don Zimmer)

Mi Chamacona Jilma hizo un puré de papas y para aderezarlo cortó en el jardín las primeras hierbas aromáticas del año. Yo me encargo de sembrar las especias y ella se encarga de cortarlas y aplicarlas a nuestros platillos favoritos. Como toda buena descendiente de italianos que es, condimenta mis comidas a las mil maravillas; de allí mis extras libras en el ‘protocolo’.

rene cardenas y don zimmer 1960 coliseo de los angeles

Ya no encuentro las horas para que pase el invierno y darle entrada a la primavera, preludio de la temporada de béisbol y de mi trabajo de jardinero; mientras tanto, me asomo por la ventana y sueño con el exquisitamente bien delineado diamante verde del parque de pelota y se me vienen a la mente algunas cosas dichas por los jugadores. Por ejemplo: un día oí decir a Leo Durocher: “El beisbol es como la iglesia. Muchos asisten y pocos entienden”…

Me llamó el buen amigo, Dr. Julio Molina, el hombre que tiene trofeos deportivos hasta en el garaje. Me ofreció que llevaría su cámara al estadio para tomar fotos de acción durante los juegos de pelota para insertarlas en mi página de Internet, http://www.laestufacaliente.com Para esto, trataré de conseguirle un pase para situarlo en el lugar dónde se colocan los fotógrafos profesionales. Así que los fanáticos podrán disfrutar de una tremenda galería de fotos en abril…

Parece mentira que el precio de la gasolina oscila ridículamente en Houston. Un día amanece cara y otro día súper barata. Con tanto petróleo que produce el Estado de Texas y donde siempre el precio de la gasolina es más benévolo que en otros lugares del país, ahora, todo parece indicar que esos días no volverán. Tengo el presentimiento que nunca más compraremos el galón por menos de dos lapas verdes. Al precio de $1.80 por galón hay que decirle “adiós mi chaparrita”.

No me van a creer que el 22 de diciembre (2007) llené mi tanque de gasolina y un mes más tarde todavía me quedaba un poco más de un cuarto de tanque. Carlos López que conoce todos mis movimientos, tiene un nombre muy especial para mi carro que camina poco debido a mi condición de hombre retirado. Le llama “el tullido”. Cuando ando en el camino y llama por teléfono, me dice sarcásticamente: “No le pongas tantas millas al carro”. En realidad, el marcador indica que he recorrido 35 mil millas desde 1999 cuando lo compré nuevecito. El día que lo ponga a la venta, se van a pelear por comprarlo; me refiero a los que entienden de carros, los que saben pagar por las millas recorridas y no por modelo.

Para que se den cuenta exacta de cómo se divierte Carlos con el celular, reproduzco una posdata de un mensaje que me envió el día de hoy: “P.D.: ¿Cómo está “el tullidito”? Hay que darle su sacadita de vez en cuando para que no se le entuman las junturas……… Ja, Ja, Ja, pero sin abusar para no meterle muchas millas”

Cuando me canso de estar tanto tiempo frente a la computadora, voy al lugar donde tengo mis vinos, selecciono uno de mis tintos favoritos del Valle Napa y me sirvo una copa para brindar por cualquiera de los cuadros que adornan mi sala. Ya se imaginan entonces el  número de veces que he alzado mi copa frente al cuadro del Presidente de Nicaragua, mi abuelo Dr. Adán Cárdenas del Castillo.

Luego me siento en la ‘reclinadora’ de mi oficinita con un libro en la mano, pero antes de leer la primera página, me pongo a divagar por un momento. Pasan por mi mente docenas y docenas de pasajes de mi vida, algo así como cuando se revisan películas viejas en un proyector cinematográfico.

Hace un par de noches la escena retrospectiva que se me apareció al cerrar los ojos fue de aquel bello incidente con mi tío abuelo, Don Paulo Emilio Escobar Leal. Hace años describí los detalles y, ahora, con el mayor gusto, los comparto otra vez.

Esto ocurrió en la bella Managua de mis amores, antes del último terremoto que la hizo desaparecer. Yo tenía siete años de edad y algo me impulsaba a hacer todas las cosas de mi niñez en la forma más correcta posible. Para ayudar a satisfacer todas mis curiosidades, siempre recurrí a mis mayores y por una razón u otra, siempre preferí a mi tío Paulo Emilio, porque solía escuchar que era un hombre letrado y que, por ende, se las sabía todas. Era un tipo que no actuaba ni se comportaba como los demás porque hacía cosas que no eran comunes y corrientes. Creo que era su forma de establecer sus diferencias:

Por ejemplo: hizo que a sus primeras sobrinas (hijas de Joaquín Escobar, mi abuelo) les pusieran nombres que comenzaban con la letra O; Otilia, Ofelia y, mi señora madre, Olympia. Imagino que su primer amor fue con la mitología griega.

Creo firmemente que corregir a alguien en cualquier etapa de la vida es hacerle un favor. Permítanme contarles acerca del favor que alguien me hizo a la edad de siete años en Managua.

Mi tío abuelo, Don Paulo Emilio Escobar Leal, era un hombre de letras. Un poeta enamorado del lago Xolotlán, del Momotombo cantado por Víctor Hugo y de la majestuosidad que Dios le dio a la tierra de Rubén. Nunca supe cuál fue su musa favorita de las nueve deidades del Parnaso, pero imagino que fue una exquisita criatura. El Tío Paulo, como todo un tenorio de su época fue esposo de varias exquisitas y bellas damas managüenses y padre de 21 hijos.

También fue un columnista consumado. Escribía para periódicos, revistas, panfletos y en toda publicación que se imprimía en aquellos tiempos. Era un verdadero ratón de biblioteca y en esto último he tratado de emularlo fielmente, quizá porque soy por naturaleza un curioso empedernido.

Recuerdo que su dormitorio siempre estaba desordenado y tenía olor a biblioteca o a tienda de libros, pues sus volúmenes se podían apreciar sobre mesas, estantes, sillas y hasta debajo de su cama. No tenía máquina de escribir y toda su producción literaria era escrita a mano. Su caligrafía era como la de los médicos, algo así como jeroglíficos imposibles de descifrar; no imagino cómo se las arreglaban los linotipistas de entonces para reproducir sus textos o, levantarlos, como se decía en la jerga del periodismo de aquellos tiempos.

El tío tenía hermanos y hermanas que se encargaban de manejar cuatro o más haciendas de mi bisabuelo, Dr. Gustavo Sebastián Escobar: “El Horizonte”, de ganado, frente a las Mercedes dónde está el actual aeropuerto de Managua y donde vivía mi caballo Cóndor, el amor de mi juventud; “Palestina”, de granos, frutas y ganado en Ticuantepe; la “Historia”, de café en el Crucero, y otra de café, la “América”, contiguo a la hacienda “Alemania”, del apreciado ciudadano y gran caballero alemán y muy amigo de mi familia Don Julio Balhcke, otro víctima de la avaricia de Somoza García. Estas dos plantaciones de café donde pasaba tres meses de soñadas vacaciones escolares cada año, están al otro lado del pueblito de El Crucero yendo hacia el mar. Aún recuerdo que al Crucero también le llamaban “Las Cuchillas”.

Había otra también de café que se llamaba “El Carrizo” que mi bisabuela, Mercedes Leal de Escobar, regaló a su hermana de madre, Amelia Lacayo. El “Carrizo” como la “Historia”, quedan en el Crucero. “La Historia” ahora pertenece a mi encantadora amiga, Manina Belli de Noguera y, la otra, no sé a quién pertenece o cómo se desmembró.

El Tío Paulo Emilio, nunca colaboró con sus hermanos Joaquín, Fabio, Gustavo, Graciela y Mercedes para el manejo de tantas propiedades, pero saboreaba el usufructo de ellas. Siempre disfrutaba de la hora perdida en su hamaca blanca con un libro en la mano y media docena de otros debajo de la hamaca. Me inclino a creer que prefería llevar la vida de un simple filósofo criollo.

Para su cómodo diario vivir sabía cómo arreglárselas, pues se daba el lujo de vivir como un príncipe y escribir hasta altas horas de la noche. Para mí era un tipo ideal y fascinante. En cada conversación con él se aprendía algo de historia, geografía, literatura, mitología,  gramática, etcétera. Además de que compartía sus conocimientos, era un deleite escucharle.

Para todos los primeros de agosto, nuestra caballeriza se llenaba de briosos corceles que montábamos para ir a las sierritas por Santo Domingo y traerlo a su iglesia de Managua. Nos disfrazábamos de vaqueros con botas y espuelas, sombreros, camisas vistosas y pañuelos rojos alrededor del cuello no solamente el primero del mes de agosto pues también lo hacíamos el 10 para regresar el patrono de Managua a su iglesita de las sierras de la ciudad. Ah, pero el Tío Paulo Emilio era el único que no montaba por considerarlo ordinario.

Una vez, a la edad de 7 años, regresé de la escuela con mi tarea que debía de completar antes de ir a jugar beisbol al malecón del lago Xolotlán que nos había construido el buen alcalde de Managua, Don Hernán Robleto. Mi señora madre, nunca permitió que saliera de casa sin terminar esa responsabilidad. Ya era tarde y no estaba seguro de algo en la composición de un texto o crónica sobre un viaje escolar que tenía que redactar para su entrega al siguiente día. Como no quería perder el primer ‘inning’ del juego, corrí donde el Tío Paulo Emilio, para hacerle una pregunta y salir rápido de mi predicamento.

En cuanto llegué, él se adelantó y preguntó: “En qué puedo servirte, mi querido Renecito” con aquella bella voz resonante de tenor y de autoridad que algunas veces me hacía temblar y sentir indefenso.

“Tío Paulo Emilio, quiero saber si la palabra error se escribe con h”, dije un poco avergonzado, tímido y tembloroso frente a aquella majestuosidad de hombre que para mí era el maestro de los maestros y el guía intelectual de la familia Escobar Leal.

En un instante, Tío Paulo Emilio, que era un gigante de grande, 6 pies y 3 pulgadas y quizá unas 275 libras de peso, se infló, se hizo más grande todavía, y me parecía que de las narices le salía vapor, como el de la locomotora del tren que pasaba mañana y tarde por mi barrio de Catedral. Por un momento creí que sacaría la faja y me dejaría caer una paliza por mi inocente ignorancia de estudiante.

De súbito, aquella metamorfosis de hombre normal a gigante que por un momento me había hecho sentir como una insignificante hormiga, se desinfló, y con una mirada directa a mis ojos, se agachó para verme de frente a frente o de hombre a hombre y, dijo con una voz suave y filial: “Sería un error escribirla con h”. Sentí una vergüenza aguda, pero al mismo tiempo un agradecimiento infinito por una lección que no olvidaría jamás.

Y desde ese día, escribo error sin h y sin miedo.

Un abrazote.

René.

P.D. Espero hayan disfrutado como yo, volviendo a leer estos pasajes de mi historia personal, que Gracias a Dios me permite recordar con lucidez y deseos de compartirlos con coterráneos. Oh, y todavía tengo el “tullido” con apenas 67 mil suaves, amorosas y delicadas millas recorridas. Y como diría mi gentil amigo el Embajador venezolano Dr. Reinaldo Leandro,  “camina como una uva”.

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