SANDBERG, REFLEJO DE MEL OTT EN 1948

sandberg 3 buenaPor Andrés Pascual

En el beisbol, tal vez porque la propia vida es así, hay ciclos que se repiten y se parecen tanto que da la impresión de que se cambiaron los nombres activos, con la complicidad de una “mano poderosa” ejecutando a diestra y siniestra.

El último bateador de cuatrocientos en el Viejo Circuito fue Bill Terry, que brilló jugando para los Gigantes de Nueva York y dirigiéndolos sin visos de genio.

Cuando el poderoso artillero zurdo se hizo cargo del puente de mando del club del Polo Ground, sustituía al eminente y genial John McGRAW, el Napoleón del Beisbol, único estratega-motivador de la historia; el hombre que inició, desde la dirección de su equipo en el terreno, el cambio exitoso de “la bola muerta a la viva”; que dirigió bajo la influencia de la novedad que representó como nadie Ruth, que acondicionó a su novena a jugar para pitcheo sin jonrones con saliva legal, a batazos enormes de cuatro bases con la saliva prohibida. En resumen, el hombre que enseñó a jugar beisbol a todo el mundo bajo el efecto del modernismo inevitable.

Terry se mantuvo 10 años como manager de los Gigantes, nunca fue popular, nunca le interesó establecer la cordialidad con la prensa y daba la impresión de que le importaba muy poco su opinión.

Cuando fue cesanteado en 1941, lo culparon de todos los males de los Gigantes y poco faltó para que dijeran y escribieran que había ordenado crucificar a Cristo, se salvó “en tablitas”.

Pero Bill Terry no fue un manager ni muy bueno ni tan malo que espantara, fue autoritario, eso sí y arriesgado, seña de su entereza fue mantener a Luque en un relevo en la Serie Mundial de 1933, cuando el cubano le pidió que lo dejara terminar con voz no muy amable y mirando al suelo, costumbre intimidante de Papá Montero en situaciones que lo ameritaran. Luque ganó el juego y los Gigantes el Clásico de Octubre.

Lo que nadie imaginó en 1941 fue que el puesto de Terry lo ocupara Mel Ott, porque nadie concebía aptitudes de director en el popular bateador.

¿Por qué fue nombrado Ott, que se afeitó por primera vez en su tercera temporado bajo las ódenes de McGRAW, que creció, que se hizo hombre bateando tercero del club primado de la Ciudad Capital del mundo? Porque hay gerencias que se confunden, que consideran que la clase atlética de un jugador incluye un estratega de la dirección; porque entrelazan la popularidad del nombre activo en el terreno bateando, pitcheando, fildeando… con lo que pudiera hacer dirigiendo a sus propios compañeros y eso es un error garrafal, que se ha repetido muchas veces en la historia del juego.

En 1964 los Yankees experimentaron con Yogi Berra, que ganó la Americana, perdió la Serie Mundial y lo cesantearon. El ex catcher había jugado el año anterior con el 98 % del club que le pusieron en las manos, NADIE LO RESPETABA.

En Cuba se produjo un incidente similar y penoso a mediados de los 50’s, cuando los Azules del Almendares olvidaron todas las condiciones exigidas a quien opte y sea designado para dirigir y no tuvieron reparos, para explotar su nombre glorioso, en nombrar a Conrado Marrero en sustitución del americano Bragan, con el resultado de que el veterano pitcher tuvo que oír barbaridades del mismo fanático que lo mimó desde el balk y leer una crónica que se comportó como el Tribunal Inquisidor, que olvidó, en menos de cinco años, todo lo que el Guajiro había hecho por Cuba en el campo amateur y para el propio Añil en la Liga Cubana.

Cuando Mel Ott renunció en 1948, dejando tras sí una estela de vértigos por etapas sin ningún mérito al frente de los Gigantes, llegó Leo Durocher, esposo de artista y clown él mismo, que no había sido inmortal por su juego, pero que sabía cómo se dirigía, porque tenía habilidades innatas y era la lógica respuesta sustituta al retiro, 17 años atrás, del Napoleón del banco. Además, Lipidia sabía manejar a la prensa, era amable y muy cordial con el fanático.

Este año renunció Ryne Sandberg (foto decepcionado), que nunca entendió que, entre un inmortal como jugador y un buen manager, media un abismo, porque el director que supo cómo batear, fildear o pitchear para lograr el nivel de Cooperstown, la mayoría de las veces fracasa, porque exige que el jugador lo haga “como yo lo hubiera hecho”.

Los Phillies edición 2015 es un equipo de nivel insuperable de frustración entre jugadores y Gerente General, que no produce, que no puede producir, porque es un Viet Nam en el banco y un hospital o una clínica de rehabilitación en el clubhouse.

Regresando a Marrero, la culpa de su inefectividad como manager de los Alacranes fue de Monchy de Arcos, gerente de aquel club cubano, porque desatendió el ABC del beisbol con respecto a la selección de un director y pretendió improvisar a costa del nombre grandioso de un jugador excepcional, lo mismo que le pasó este año a Rubén Amaro jr, que, además, se ha encargado de crear un polvorín en el dugout, al rumorar chismes indignos de su responsabilidad para enfrentar a jugadores entre sí.

Cuando Sandberg fue elegido manager de los Phillies hubo sorpresa general, porque, como en el caso de Ott, como en el del Premier, nadie observó en él dotes de director; por el lado bueno, tal vez la gerencia del club quiso premiar su calidad atlética poniéndole en entredicho el nombre, por el malo, una verdadera contradicción maliciosa si se produjo por lo que puede suponerse.

Como muchas veces antes, Ryne Sandberg NO le declaró ni a la prensa ni a la Oficina del club lo que todo el mundo comenta, que se fue por propia voluntad porque escaseó de la necesaria para lograr el respeto ante un equipo que, si no fuera por lo “jarretús” que son todos, la frase especial debía ser “da lástima”.

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