SE QUEDA, SE QUEDA, SE QUEDA, ¿SE QUEDA?

Por Andrés Pascual

Hace poco el escritor sobre asuntos relacionados con los hispanos en el beisbol, el boricua Tony Menéndez, mientras mantenía una conversación vía Facebook con otros dos, soltó “una bola”, no Wilson ni Rawling, sino del tipo confusa y controversial, que tanto emplea la mayimbada en Cuba para entretener, divertir o enfermar al interlocutor; es decir, la información “top secret” que, por lo general, “me lo dijeron de buena tinta o lo escuché en los pasillos…”. El argumento sugería que Mike Lowell se encargaría de dirigir a los Marlins para el próximo año.

Sin embargo, no dijo si botarían al venezolano Guillén, que debió ser el punto de partida y, si no lo soltó, debe haber sido porque, para Menéndez y compañía, aparentemente, esa cesantía es “caso cerrado y resuelto”, especie de pan comido en el argot populachero.

Mejor directo al relevista: “Mike Lowell al timón de la nave”, si es que puede llamársele así a una balsa vieja de cañaveras podridas.

Pudiera ser… a fin de cuentas, el ex antesalista puertorriqueño que creció en Coral Gables es una figura querida para la acuarela fanática de Miami, un jugador de clase maestra a la defensa y con autoridad en situaciones de clutch-hitter, al que le sacaron mejor partido en Boston.

Sin embargo, ¿Qué hace pensar que pudiera ser un buen manager? Porque ser amistoso, buen pelotero y tranquilo no es suficiente, incluso tener un gran nombre en el juego tampoco, que Yogi Berra (nunca había dirigido antes) siempre será el ejemplo típico que podía matar de la risa a toda la ciudad de Nueva York, pescar a 4 de cada diez que intentaran robar, batear como el inmortal que es y un fracaso a la hora de dirigir a un club que no necesitaba esa clase de amigo en el dugout, porque no lo respetaban.

A pesar de que el ex-catcher ganó la Liga Americana en 1964, perdió la Serie Mundial en 7 juegos contra un equipo superior a ellos porque, cansados, adoloridos y avejentados sus estrellas, no pudieron imponerse a Gibson, Boyer, Julián Javier… entonces lo cesantearon: en un solo año debut y despedida al frente de la que fue, durante tantas temporadas, su casa.

Bien, Lowell tampoco ha dirigido en las Menores y ha ocurrido antes, pero no es Hall of Famer ni una figura mimada como Berra, luego, ¿Qué proponen de la habilidad decisiva y definida del boricua? ¿Será un motivador o un estratega? ¿Quién tiene argumentos para definirlo? ¿Qué necesita el club de la ciudad, alguien que inspire a jugar y que mantenga unido, en armonía, al club, o el científico que hace maravillas, aparentemente descabelladas que, después, pudieran limpiarle la angosta senda a Cooperstown?

Para mí que debe ser un estratega respetuoso y respetable, porque, una vez que prescindieron de los servicios de Hanley Ramírez, la fumigación debe ser como “profilaxis”, en este caso, “muerto el perro se acabó la rabia” y solo hay que vacunar al resto. Ahora, ¿Quién puede asegurar que Lowell puede y por qué? Nadie y el caso Ventura no puede ser objetado, porque es difícil que se repita dos veces un milagro en Grandes Ligas.

A Babe Ruth ni lo contrataron, porque la gerencia entendió que no tenía la personalidad que hacía falta para liderar un club, a fin de cuentas, no es lo mismo imponer disciplina en el dugout, ordenar la jugada correcta, hacer el movimiento justo que fildear espectacularmente un rolling incómodo entre tercera y short, o que meter la bola a 500 pies del home-plate. Y se cuenta que dirigir fue el gran sueño del Bambino, confesado a Dan Daniel así: “tú sabes que hubiera dado la mitad de mi efectividad como bateador por una temporada mandando al club…”

A Tris Speaker y a Ty Cobb les dieron la dirección de clubes en medio de temporadas, es decir, los convirtieron en managers-jugadores, como a Lou Boudreau, que ganó en 1948, pero que lo hizo famoso la “formación” defensiva que lleva su nombre contra Ted Williams que, en estos tiempos, emplean contra cualquier zurdito.

Por cierto, ya no existe el concepto manager-jugador, que dio resultado con el trío que mencioné, porque sus caracteres no eran de buenas personas en el sentido común del término (excepto Boudreau), pero su juego era muy superior al de quienes dirigían.

Pero los grandes managers no han sido estrellas del juego: Ted Williams, que fue contratado por los Senadores de Washington 2da etapa en 1967 sin haber dirigido nunca en las Menores, logró un galardón de Manager del Año, porque hizo jugar con team-work a un grupo de peloteros que solo podían hacer eso para entretener a la clientela con peleadas derrotas que, además, disfrutaba de los estacazos de Frank Howard.

Tris Speaker dirigió 8 años al Cleveland (1919-26) y ganó la Serie Mundial en 1920, quedó en 2do en 1919, 1921 y 1926. En 1929 y 1930 lo hizo en la Internacional con los Newark Bears y en 1933 al Kansas City Blues, ambos independientes.

Ty Cobb dirigió al Detroit 6 años (1921-26), quedó 2do en 1923, 3ro en 1922 y 1924, 4to en 1925 y 6to en 1921 y 1926.

El 3 de noviembre de 1926, mientras bateaba .339 como part-time, el Detroit lo cesanteó como manager por la acusación del ex pitcher Dutch Leonard de que había conspirado para entregar el juego del 25 de septiembre de 1919 entre Detroit y Cleveland, 18 horas después se produjo la de Tris Speaker por lo mismo.

Pero el 27 de junio de 1927, el Juez Landis declaró fuera de lugar el peligroso señalamiento de Leonard contra Cobb y Speaker por “insuficiencia de pruebas”.

Otros dos buenos managers-jugadores fueron el catcher Mickey Cochrane con Detroit y el shortstop Joe Cronin con Washington y Boston Liga Americana, ambos Hall of Famers como superestrellas de verdad del pasatiempo.

Cochrane, jugador de temperamento competitivo, fue enviado a la ciudad automotriz por Connie Mack cuando desmanteló a los Elefantes Blancos, en 1933, por razones económicas. Dicen que el manager-dueño inmortal lloró cuando lo vio con el traje de los Tigres.

Con el nuevo club ganó la Liga Americana en 1934 y la Serie Mundial en 1935.

En 1936 sufrió un ataque de nervios preocupante y en 1937 Bump Hurdley, de los Yankees, le lanzó un “bean ball” a la cabeza que casi lo mata y le acortó a solo 13 años su carrera.

Joe Cronin es uno de los grandes shortstops de todos los tiempos, comenzó dirigiendo al Washington de su suegro Clark Griffith, que lo envió al Boston Red Sox al finalizar 1933 en medio de un ataque de rabia por perder la Serie Mundial contra los Gigantes. Continuó como manager jugador hasta 1941 con su nuevo club, con el que perdió el famoso Clásico de Octubre de 1946. Sustituyó en 1948 a Eddie Collins como General Manager y ascendió a Presidente de la Liga American incluso.

Al modo mío de ver el asunto y creo que para cualquiera, en la selección de un manager debe pesar el tiempo que dirigió en ligas menores y cómo influyó en la mejoría del juego de los jóvenes que manejó. Pero, fundamental, cómo controló la personalidad de cada pelotero y la disciplina general, así como la capacidad de compartir racionalmente el trabajo con los asistentes, que también cobran por atender cada aspecto del juego. Sencillamente, si es capaz de coordinar con la importancia a que su posición obliga, el trabajo de conjunto.

Por supuesto, las relaciones con las oficinas no pueden dejarse de la mano y el caso Girardi fue bien sonado en el club de Loria.

Ahora, ¿Cesará Guillén como manager de los Marlins? Tal vez si, tal vez no, a fin de cuentas, a esa gerencia no le interesa un gran manager o alguien posible de serlo al frente del club.

Esta gente, como casi todos los equipos de Grandes Ligas, no tienen en cuenta lo que importa el timonel en el terreno, sino que apuestan al derroche de dinero, base sobre la que depositan sus esperanzas, más que para ganar, para triplicarlo en ganancias, ese, repetido una y otra vez, es el principal objetivo de los dueños nuevos de un más nuevo beisbol, tan decadentes ambos que, se puede decir sin margen de error, ya no es el principal deporte en América.

Ahora, con Guillén o con Lowell, si se produjera el cambio, de nada serviría para los fanáticos, porque Loria seguirá como dueño y ya se sabe lo que este señorón puede hacer para convertir en pesadilla el sueño de los pobres.

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