El sacrificio de una victoria: Edmonton-81

Por Andrés Pascual 7 de Julio de 2011
El equipo de Castro perdió el béisbol en los Juegos Panamericanos de Winnipeg en 1967. La derrota corrió a cargo de Manuel Alarcón, preferido del tirano; pero al que dejó morir alcoholizado de forma miserable en Santiago de Cuba. Como que fue contra Estados Unidos, pues doblemente dolorosa para las huestes de la tiranía: por los norteños, el gigantón de solo 17 años John Curtis; el antesalista-cátcher Steve Sogge de 19 y el inicialista de 18 primaveras Mark Marquess acabaron contra el equipo de profesionales de estado antillano, Curtis desde el box y Sogge y Marquess bateando.
El lanzador Curtis estuvo 15 años en Grandes Ligas con varios clubes; debutó con el Boston en 1970 y concluyó su carrera con 84-97 y 3.96 promedio de limpias; Sogge nunca jugó profesional y Marquess sólo ascendió a Triple-A en la Asociación Americana con Indianápolis; pero tuvo una carrera exitosa dirigiendo en el béisbol colegial con el Stanford, que le llevo a conducir el equipo nacional de Estados Unidos a una victoria contra Cuba en la Copa Intercontinental de Edmonton-81. Por Cuba sobresalieron en aquellos juegos Félix Isasi y Felipe “Neri” Sarduy; a pesar de perder ante EUA, Alarcón lanzó bien. El pitcheo cubano tuvo que utilizar al inicialista-jardinero camagüeyano zurdo para que tirara una entrada y lo hizo mejor que casi todos los pitchers del staff. En 1966, en los Centroamericanos de San Juan, los de Castro ganaron la medalla de oro no sin antes caer 0-1 ante Venezuela con nueve escones del zurdo y, como Canónico, casi héroe nacional allá, Adam Morales; el juego lo perdió el Curro Pérez por error en tiro a primera. Pero ni Manuel Hurtado ni Julio Rojo integraron la rotación antillana y eran dos de los cinco mejores pitchers de Cuba en aquel momento; pero no eran “confiables” políticamente; sobre todo Julio, que se cansó de meterle ceros a los “jorocones” que le alineaban cada vez que le tocaba tirar en el training; sin embargo necesitaban, dijeron, un zurdo y se decidieron por el miliciano y gran chivato del MININT, Maximiliano Reyes; a todo esto, Alarcón estuvo ausente porque había sido suspendido un año por gestos obscenos al público durante la regional oriental en un terreno de Camagüey. Tampoco asistió el mejor manager que jamás pisó un terreno de pelota durante estos últimos 48 años en Cuba: Ramón Carneado; a mi juicio, uno de los mejores managers cubanos de todos los tiempos sin importar la clasificación. Carneado era menos confiable que Julio y Manolo. El 90 % de las suspensiones y “desapariciones” del firmamento beisbolero cubano durante el castrismo tienen trasfondo político; sea una salida ilegal exitosa como la del pitcher zurdo matancero Manuel “Amorós” Hernández; o fallida con años de cárcel como la del ex cátcher habanero Leonardo Vilá; si se necesita borrarlo por sospechas de alto calibre relativas a la deserción, ahí está una conspiración de grupo para incluirlo con características de “arreglos de juegos” por dinero de apostadores; una acusación de robo no vendría mal como le ocurrió a Pedro Jova y a José Cano (a este último también de homosexual) y, una peligrosa, porque implica investigación del DSE por “espionaje” y hablo de la tenencia ilegal de divisas, considerada así en el injusto y amañado Código Penal castrista, como ocurrió con el cátcher Alberto Martínez y con Pedro José “Cheíto” Rodríguez; el receptor, uno de los mejores defensivamente en la pelota de la Isla en los últimos 47 años; el antesalista Rodríguez, el más extraordinario y poderoso bateador derecho de los últimos 35 años allá. Ni Alberto Martínez ni los muchísimos que utilizaron dólares regalados (en Japón en 1980 el equipo americano le regaló a todos, y el cátcher estadounidense Al Romero le dio sus tres maletas de ropa completas a Pedro Medina) tuvieron problemas con semejante, arbitraria y abusiva causa judicial; sin embargo, Cheíto Rodríguez sí. Pero este jugador estaba vigilado casi desde su inicio por la policía política y llegó el momento del “trueno”, en el mejor estado de su carrera. En el caso de Cheo existe una ambivalencia: si no está Linares no lo suspenden durante tanto tiempo hasta liquidarle su brillante carrera y sus condiciones de superdotado para el juego; pero si el cienfueguero se hubiera quedado jugando, Linares jamás hubiera sido antesalista del equipo de Castro; el jardín central o el campocorto eran las posiciones a escoger para el sanjuanero. Porque el pinareño nunca tuvo ni el coraje ni la capacidad de decisión en juegos grandes y de trascendencia de que hacía gala Pedro José, que nunca dejaba empate o gane en bases, en cualquier nivel que actuara. A Canadá regresaron los jugadores de Castro en 1981 a la V Copa Intercontinental que se celebró en Edmonton. Ni Rey Vicente Anglada, sensacional intermedista capitalino que integraba ese equipo como suplente de cuadro, por el cual viajó por segunda vez el pinareño Carmelo Pedroso; ni el poderoso antesalista Pedro José Rodríguez, que en su lugar viajó un pelotero sin ningún tipo de clase ni brillo, también villareño, Francisco Javier Carbonell. El caso Carbonell generó un hecho parecido a otro de 1978 cuando se confeccionó el equipo Cuba a los Juegos Centroamericanos de ese año en Colombia: retirado el zurdo Santiago “Changa” Mederos del béisbol, Castro, que no seguía la pelota, visitó el entrenamiento y le preguntó al manager Servio Borges por el zurdo, atemorizado el director-guataca a cargo del béisbol por descubrirle públicamente en las narices al sátrapa su absoluta ausencia fanática en este deporte, le respondió que “le había dado dos días de descanso” y, esa noche, mandó a buscar al pitcher que había colgado el guante y lo puso en el equipo. A Changa Mederos lo mataron a palos los nicaragüenses en un solo juego que abrió y en el que Ernesto López le metió dos jonrones. En ese encuentro, Cheíto Rodríguez bateó 3 jonrones y empujó 8 carreras de las 15 que hizo su equipo, que ganó 15-10 contra los nicas. El antesalista Francisco Javier Carbonell se había retirado del béisbol, deporte en el cual siempre fue un paquete sin perspectivas y jugaba softball; sin embargo, pasando por encima de todos los antesalistas y suplentes que sí jugaban en la Serie Nacional y que estaban presentes en la preparación, otra vez Serbio Borges contribuyó a disociar y decepcionar al pelotero cubano al convocar a Carbonell al entrenamiento y no solo eso, sino que le dio la nominación de titular en los papeles que, ni debía porque no era pelotero, ni se lo hubiera ganado por su rendimiento en el entrenamiento. Eran las cosas que ese protegido del sátrapa podía hacer impunemente con el béisbol; era el cumplimiento de la encomienda que le habían dado: en lo que pudiera, minar la confianza del fanático y del jugador hasta lograr un debilitamiento moral absoluto por frustración que condujera a la escasez participativa radical y sin contemplaciones que ya hoy se ha logrado en un 80 %. Servio Borges le regaló el viaje a Carbonell a quien, decían, unía algún lazo familiar; una vez en Canadá, el individuo no salió a jugar nunca, en su lugar colocó a Pedro Jova, un peloterazo villareño, pero con debilidad en su brazo de tirar y, con Rodolfo Puente en el shortstop, también con brazo débil, pues se podía decir que el ala izquierda del cuadro de ese equipo estaba al garete y el juego que decidió el campeonato, contra Estados Unidos, hizo que Borges pagara con la derrota semejante falta de respeto y consideración por el colectivo de hombres y por el béisbol como deporte nacional; porque se fue precisamente por ese área del cuadro debido al poco brazo del defensor de la esquina caliente. Con el juego empatado a una y Cuba como visitador, el jardinero Víctor Mesa salió a correr como emergente en primera. Mesa, un pelotero díscolo y sin autocontrol, que había embarcado al lanzador José Luis Alemán y al equipo juvenil en Argentina tres años antes, fue advertido por el asistente Juan “Coco” Gómez de que el pitcher era zurdo y se viraba bien y rápido; entonces enviaron a batear al catcher Pedro Medina como emergente y, lo primero que hizo el corredor suplente fue adelantar más de 3 metros, el rápido viraje atrapó al corredor fácilmente y, al próximo lanzamiento, el bateador sacó la pelota por el derecho-central, una sola carrera cuando debieron ser dos y se hubiera ganado. Un triple y un machucón alto por tercera produjeron la carrera que dejaba tendida a la selección de Castro por los colegiales de Mark Marquess. ¿Hubiera perdido el equipo del dictador de contar con Anglada y Cheo Rodríguez? Posiblemente no; porque a Anglada, pelotero pícaro que hubiera sido el corredor emergente, casi seguro que no se le hubiera ocurrido jugar suelto y bruto ante tal situación como hizo Victor Mesa y Pedro José Rodríguez se hubiera combinado con Casanova para hacer mucho más efectivo el un-dos de tercero y cuarto bates; además de que el americano que le dejó la bola en la mano al cuadro cubano no lo hubiera podido hacer con el hombre que nunca debió perder su posición. Los que nunca juegan béisbol y han manejado siempre no los $81 dólares por los que suspendieron a Cheíto, sino a libre albedrío y como delincuentes el erario cubano durante medio siglo, decidieron liquidar las carreras de dos estrellas del pasatiempo; aunque hubieran tenido que entregar dos eventos de carácter internacional, porque también perdieron en los Centroamericanos de La Habana al año siguiente.
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