En el beisbol la defensa no hace inmortales; pero…

30 de enero de 2012


Hialeah, Florida.- Por Andrés Pascual.– Stalingrado, El Alamo… son lugares de batallas famosas en la verdadera épica mundial; los griegos contuvieron durante tres días el paso a Grecia de los persas de Jerjes con solo 300 hombres contra miles. El nombre de la batalla es las Termópilas, que Herodoto se encargó de dejar impresa en el recuerdo histórico… ¿Qué tienen todas estas acciones en común? Que fueron defensas de plazas o lugares.

Se gane o se pierda, es en la guerra real y de acuerdo a su importancia, que trascienden en el tiempo los nombres de sitios defendidos, incluso los de generales, mariscales o soldados valientes y brillantes, como dignos del recuento obligado, tanto en la academia como en la esquina profana de discusión habitual.

En el único deporte en que la defensa inmortaliza es en el boxeo si se pudo retener el campeonato; si no, aunque se haya vendido cara la derrota, el titular del día siguiente siempre será “anoche fulano de tal derrotó a…en 12 peleados y sangrientos rounds”.

Que un torpedero alcance un rolling entre tercera y short que casi se internó en el leftfield, detrás de la tercera base y sobre la raya de cal, tan difícil de ejecutar como el disparo de un “sniper” sitiado eliminando posiciones invasores, no es suficiente para que los “historiadores” encargados de inmortalizar a este tipo de defensor le reconozca carácter imperecedero la mayoría de las veces.

El problema es que, para los eruditos, lo difícil es batear, con lo que yo no estoy de acuerdo, porque los Ozzie Smith, Luis Aparicio, Brooks Robinson…por posiciones, escasean tanto o más que los buenos bateadores: un equipo, por lo general, puede tener 6 buenos bateadores regulares y 2 suplentes también aptos para conectar, pero, muchas veces, no tienen una sola maravilla del guante, incluso ni dos en rango de bueno.

Como que para poder jugar se exige batear, pues, posiblemente, en las Ligas Menores se hayan extinguido decenas de magos del guante, jugadores de cuadro o jardineros, que solo conocen en pueblos o ciudades donde radicaron los clubes a los que pertenecieron, porque, como que no podían superar la anemia de .200 de promedio, nunca fueron ascendidos.

Está bien, la cosa se rige por esa clase de ley impuesta por sabios impostores que no solo jamás ‘midieron un fly en un jardín”, sino que tampoco se agacharon nunca, desde sus cómodas sillas de cronistas en la redacción, a “recoger el papel que rodó difícil y raudo hacia el hueco debajo del buró”, pero, bueno…

Alguien dijo en titulares para ESPN que la elección de Ossie Smith a Cooperstown era el reconocimiento a la enorme contribución de los fildeadores al juego, lo que estuvo bien; lo malo fue que Aparicio ya estaba allí y, lo peor, que los cronistas hispanos se hicieron eco de aquella chapucería dicha por uno de los que hablan tanta basura como juicios brillantes.

Si Brooks Robinson no fildea como hizo no estuviera en Cooperstown, porque, según los jueces del beisbol, la tercera es una base para bateadores y el antesalista de los Orioles bateó menos que Oliva, que Oliver, que Dave Parker, que Tim Raines…que no lo acompañan en el recinto.

Entre otras cosas, también dicen que la primera base debe ser propiedad de artilleros de alto calibre, de los que disparan el proyectil a 400 ó más pies del plato con frecuencia.

A la hora de entregar el róster definitivo del club para una temporada, por lo general, entre dos opciones posibles, no se retiene al que más fildea, sino al que más batea, ni su brazo ni su velocidad ni su sentido de la colocación para el engarce cómodo o prodigioso; el bateo siempre encuentra un hueco entre 9 jugadores desde hace rato.

Pero no todos los bateadores de la historia han podido ser líderes de sus clubes ni motivarlos y lo que voy a decir, aunque parezca una barbaridad, es una verdad más grande que un templo: es más difícil ser un líder que un buen bateador y una cualidad no genera necesariamente la otra, por ejemplo, Barry Bonds, que nunca pudo con el ABC de esa cartilla.

En la historia de las Grandes Ligas existe un jugador, lo mejor de su posición, que ganó el liderazgo de los bateadores en 1979 con .344 y el difícil premio MVP de la Nacional ese año, un verdadero líder de condiciones que, además, es la primera base más elegante de todos los tiempos: Keith Hernández.

Keith ganó 11 Guantes de Oro consecutivos y estuvo en 5 Juegos de Estrellas.

El trofeo para reconocer a los mejores fildeadores del año, el Guante de Oro, es una línea de mercado con objetivo promocional de la compañía de implementos deportivos Rawlings, que se entregó por primera vez en 1957. A través del tiempo se le ha cuestionado por injusticias en las selecciones en más de una posición.

En sentido general, como elemento de inconformidad absoluta, entregan tres trofeos para los tres jardineros de mejor promedio, sin hacerlo por zona: izquierda, central y derecha, con lo que desatienden y desechan las diferencias que tiene cada una de ellas para cubrirlas, en las que la potencia del brazo necesario juega un papel fundamental.

El mayor ganador de estos premios ha sido el pitcher Gregg Maddux con 17. El único que lo ha obtenido por la excelencia en el cuadro y en los jardines es Derin Erstad.

Al cubano Rafael Palmeiro se lo regalaron en 1999 por jugar la primera base de los Vigilantes de Texas en solo 28 juegos, porque los 135 restantes actuó como designado.

Pero ahora viene lo bueno, observe detenidamente el siguiente cuadro:

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