El tiempo y los hijos del castrismo en el beisbol

Por Andrés Pascual

Cuando un cubano de la Isla se refiere
al tiempo histórico en el beisbol, por lo general solo menciona como “lo mejor
de todos los tiempos” a los jugadores de Series Nacionales y, no conocer el
pasado no es justificación, porque lo adecuado seria decir: “lo mejor de las
Series Nacionales que jugaron en Cuba” ya que más de 40 jugadores hicieron sus
carreras profesionales desde 1959 hasta el retiro de Tani Pérez en 1986; pero,
estos individuos, padecen de un triunfalismo prefabricado que los ciega y
defienden aquella pelota con tal desenfrenada equivocación, que se hacen
rehenes de su propio ridículo.

El
FANÁTICO CASTRISTA, residente allá o “colaíto” aquí, a como de lugar,
solo está interesado en pisotear a la pelota profesional cubana a través de
“sus estrellas”, como Germán Mesa, en perjuicio de más de 5 shortstops de la
Cuba de ayer; sabiéndose que aquella pelota se juega bajo condiciones de
“arreglos” y con total y absoluta vagancia, desinterés y apatía por las razones
conocidas. Todo el mundo sabe que en esa pelota nadie corre con ganas de home a
primera, salvo algunos que se cuentan con los dedos de una mano. Entonces, por
regla general, ningún torpedero castrista jugó ni juega presionado por el tiro
a primera, y yo vi esa pelota en el período 1962-1989; según me han contado, la
de los noventas y la de ahora es mucho peor, con más de 30 promedios de .400 en
20 años. Así que, por ahí, empiece.

Germán Mesa tenía buen brazo, nada más
que bueno, no el de Willy Miranda ni el de Leo Cárdenas ni el de Valdivieso o
Humberto. Fildeaba más para la segunda base, por eso siempre se cargaba hacia
el hueco y necesitaba correr mucho y atropellar rollings cercanos a la
intermedia, haciendo de la rutina una espectacularidad.

No se colocaba como los profesionales, de
acuerdo hacia donde conectaba el bateador; o de acuerdo a la zona en que le
lanzaban, luego no era capaz de “adivinar”
lo posible. Pero era rápido y no soltaba la bola que caía en su guante,
aquí hubiera bateado muy poco, porque, en Cuba, a pesar de que aprovechó el
aluminio y la decadencia total del pitcheo, no fue nada del otro mundo y de
baja estatura y poco peso. Mesa ha sido un punto comparativo del triunfalismo
castrocomunista prefabricado. Pero, para buscarlos mejores, no hay que
referirse a Ossie Smith quien, como él, tampoco tenía ni el brazo de Willy
Miranda ni su puntería en el disparo a primera.

A Leonardo Cárdenas se le consideraba el
principal prospecto del cuadro cubano en 1960; como shortstop era increíble hacia
todos lados y su brazo era un mortero; bateaba más que Omar Linares, porque dio
20 y 18 jonrones jugando en las Grandes Ligas de una época en que el pitcheo
era tan bueno que Tony Conigliaro resultó champion en jonrones, en 1965, con
32. Estuvo 16 campañas en las Mayores y, por la forma simple como se movía, por
su seguridad casi de sistema, le apodaron Mr. Automatic; fue uno de los mejores
torpederos defensivos de su era y, para colmo de males de una comparación con
alguien que no jugara aquí, era un bateador autorizado, con poder increíble
para su tamaño, lo que demostró en Cuba con el Cienfuegos y los Sugar Kings.

Zoilo Versalles fue un pelotero
completo; no por gusto resultó MVP el año 1965, cuando Minnessota ganó la Liga
Americana y Tony Oliva fue champion bate por segunda vez consecutiva. Versalles
se convirtió en un espectáculo al que privó de continuar, con rango estelar, la
traidora lesión. Un fildeador de range y un bateador extraordinario, con poder,
del que casi ningún cubano se quiere acordar tampoco, pese a que jugó en Cuba
con el Marianao.

Del béisbol pionero cubano pocos saben
allá, por lo que jugadores que fueron considerados maravillas del shortstop,
tales Joe Olivares y Pelayo Chacón, no cuentan; ni Luis “Anguila” Bustamante,
durante la década de los 10’s, observado en el terreno por todos los dueños de
las Grandes Ligas de la época y, en aquel momento, catalogado como el torpedero
más fildeador del béisbol en cualquier nivel. Rafael “El Viboreño” Quintana
estaba preparado para convertirse en el shortstop de los Yanquis, durante los
años 20’s, cuando un pelotazo en la cabeza le mermó las facultades, era un
superfildeador, quizás tan bueno como Maranville y Joe Sewell.

Riverito, que no podía jugar por su pobre
bateo, concluyó su carrera en Cuba condenado a la frialdad del banco en
esporádicas sustituciones de Willy o de Humberto Fernández con el Almendares;
posiblemente no le envidiaba nada a nadie defensivamente.

Jackie Hernández, otro bateador débil, es
Héroe de Serie Mundial por un fildeo increíble en el último juego del Clásico
de Octubre de 1971, defendiendo a los Piratas de Pittsburg.

Lo que se pretende es que estos “nuevos
sabios cubanos de la pelota”, con el nocivo polvo del castrismo tan impregnado
que ni con FAB lo pueden remover, acaben de entender que, en Cuba, antes de
1962, el beisbol era muy superior al castrocomunista, por lo que, a la hora de
señalar “magos” o “maravillas”, revisen con seriedad un pasado que, da por
resultado, es el único glorioso y conocido de la historia del pasatiempo y, sus
exponentes, los únicos “monstruos”, ahora sí y con autoridad DE TODOS LOS
TIEMPOS EN CUBA.

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