El desastre de los Marlins

Por Andrés Pascual

 

Si
bien el Titanic se hundió por el choque contra el gran iceberg del Mar del
Norte; los Marlins se han hundido en las frías profundidades del sótano del
Este de la Americana por una bacteria, a fin de cuentas, diferencia y
aproximación de sentido.

Cuando
botaron a Fredi González, que había cumplido una actuación meritoria en el
2009, se sentaron las bases de lo que vendría: con la justificación de bajo
rendimiento apoyada por el rechazo popular de los  que no están en el dugout para saber la razón
de un movimiento, se coqueteaba con el proteccionismo irresponsable a jugadores
que, nadie lo dude, no lo merecen. No ha sido paternalismo, en realidad nadie
sabe cómo llamarlo.
Entonces subieron a Edwin Rodríguez, que demostró ser un buen manager
estratégico, pero prefirió apartarse de la condición objetiva de “motivador”
para caer en los brazos de la política de la gerencia, por lo que entendió que,
“con fulano mejor no meterse”. Motivador no es llevarse bien con el grupo de
jugadores, sino hacerlos jugar con pasión, lograr que cada uno cumpla al 100%
la responsabilidad exigida que le posibilite al club alcanzar el juego de
conjunto.

Y el
club anda sin líder, porque un jugador temperamental como Hanley Ramírez se
encargó de arrancarle el corazón a un equipo que, si bien no prometía la
división, por lo menos hubiera podido hacer un papel decoroso.

Y
sin liderazgo y con problemas intestinos de rechazo colectivo entre sí, con
cuestionamientos de la forma como se debe cumplir el papel dentro del grupo,
con un verdadero Viet Nam en el clubhouse, pues no hay team work ni
posibilidades parecidas a lo decoroso.
Botaron a Edwin, que renunció por la certeza de que le quedaban horas
como timonel; enviaron a Morrison, que no se queda callado ante lo que
considere digno de criticarse, a las Menores…y dejaron a Hanley ahí, cuando se
sabe que los problemas de personalidad, de egos desmedidos no se curan y
atentan contra el normal funcionamiento de todo en el club

El
próximo año inaugurarán estadio, incluso nombre: los Marlins de Miami, pero si
no logran controlar la disciplina, la entrega individual y el interés por el
juego ganador; si no le aplican el antibiótico a la bacteria que está
destruyendo al club, poco podrán hacer y, es histórico, “si ganan, el público
va”; si no, a pesar del estadio nuevo, volverán a jugar con las gradas vacías,
haciendo un desperdicio el dinero del contribuyente para que juegue pelota un
club cuya gerencia, “única responsable del desastre de este año”, no lo merece.

 

 

 

 

 

 

 

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